Había una vez una princesa que usaba anillos de oro.

Su padre la llevó un día al parque de los antojos.

 

En el parque había un lago, donde los cisnes bailaban;

mojándose la colita, embelesados graznaban.

 

La princesa quedó pasmada al ver los cisnes bailando,

pues ella los había visto sobre las aguas nadando.

 

De vuelta ya en su palacio, la niña corrió a la estancia

En que la reina bordaba,

y rápida le contó, del caso las circunstancias.

 

La niña pidió a su padre que tomara un blanco cisne,

y lo pusiera en su alcoba, para animar su vida triste.

 

Pero cuando trajo al cisne, éste movía la cabeza,

Reacio a la nueva vida, que le traía su destreza.

 

Cuando el animal se vio, sumergido en la bañera,

Se puso a meditar lo que haría, en su sesera.

 

Aislado de sus hermanos por un capricho infantil,

A la princesa pensaba darle un escarmiento vil.

 

El ave mostróse triste, acoquinado y cansino,

Para que la nena viera su fatal y cruel destino.

 

La princesa lo miraba esperando una pirueta,

pero el cisne dijo nones, que no estaba para fiestas.

 

La princesa se enfadó del desdén y la tristeza,

del hermoso cisne blanco que su padre le trajera.

 

La reina en su alcoba borda ajena a tales eventos,

pero su hija la visita para contarle su cuento.

 

La madre va a ver al cisne, con una idea en su cabeza:

Traer la pareja al cisne, para aliviar su tristeza.

 

Van al lago del jardín y toman un cisne igual,

que pareja hermosa sea para un ave singular.

 

Hermosas piruetas hacen los cisnes en la bañera,

cuando las aves miran a la niña melindrera.

 

Dan saltos y hacen monadas, para que ella se divierta,

pues los dos son muy felices y tienen gana de fiesta.

 

La princesita creció en compañía de sus cisnes,

Y en el día de hoy, ya ella cumplió los quince.

 

Edad hermosa es aquella en que el amor es ardiente;

para adamar a la niña urge buscar pretendientes.

 

Al igual que para el cisne, la ley rige para todos:

reyes, rústicos y jueces, la pareja es el todo.

 

El rey publicó un edicto que corrió por vastas tierras;

La búsqueda de pareja, para noble damisela.

 

Aquel edicto cundió como pólvora quemada,

por alejados parajes, lejos de su tierra amada.

 

Varios príncipes gallardos llegaron a la demanda,

y fueron bien recibidos por orden de los monarcas.

 

En fastuosas alcobas los nobles príncipes moran,

Por orden de los reyes que a su joven hija adoran.

 

Había uno en especial, que sus ojos negros clava

en el rostro de la niña, cuyo corazón inflama.

 

Es por él por quien suspira el corazón de la dama,

pues su porte y gallardía es gloria para la mirada.

 

Cortejaron con respeto, propio de tiempos pasados,

y entraron en buena liza a formalizar noviazgo.

 

Cuando sus padres supieron el gusto de la princesa,

tornáronse muy dichosos por la alegría de su nena.

 

Fijaron fecha de boda para el año venidero,

mientras el joven doncel, anda por verdes senderos.

 

Las tardes pasan paseando y jugando al ajedrez,

que la princesa, aunque joven… ¡tiene caletre!, pardiez.

 

El año cumplido está, y se va a celebrar el fausto,

con grandes fiestas y justas en jardines de palacio.

 

La princesa viste tul, el tejido más sutil,

como corresponde al novio, que es un joven muy gentil.

 

Los cortesanos, felices, lucen sus ricos vestidos

las damas lucen atuendos, de hermosas gemas floridos.

 

Elegantes damiselas acompañan a la infanta

Para dar honor y fausto a la su estimada ama.

 

Al gentío que se agolpa viendo el desfile pasar,

Deslumbra bella carroza que la conduce al altar.

 

La pareja muy feliz contenta está en el estrado,

Mirándose como memos; así están de enamorados.

 

Y así comenzó otra historia de la niña enamorada

que al igual que sus amigos, halló la dicha soñada.